Wednesday, August 2, 2023

Las paradojas políticas de Dylan Mulvaney

En paradójica camaradería, Heineken defiende a su rival Anheuser-Busch, en su controversia por Dylan Mulvaney; aunque esta paradoja no es extraña sino recurrente, ilustrando la naturaleza del conflicto, que es política y no comercial. Mucho antes, Microsoft dejó ver esta verdadera naturaleza, con su rescate de Apple en una maniobra bursátil; que desmiente —para quien lo pueda ver— la burla de sus supuestas rivalidades, en un oculto traspaso de tecnología al sector privado.

Heineken afirma que las empresas tienen que defender sus principios, como si fueran individuos y no corporaciones; cuyos principios son así generados de esa corporatividad, como sus intereses naturales, en contra del individuo. Si realmente se tratara de principios morales y no relativos al poder, serían entonces de capitalismo feroz; porque todos son imperios comerciales, construidos sobre la base —muchas veces inmoral— de ese capitalismo.

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El problema podría residir en que se trata de una generación que no construyó su riqueza, sino que la heredó; y como toda aristocracia hereditaria, posee recursos para dilapidar los ajenos en su elitismo arrogante. Este es el tipo de conflicto que condujo a la revolución francesa, manipulando al pueblo con su falsa representación; que escondía, en las luces del humanismo, la frustración histórica de la aristocracia normanda con la corona.

Como prueba, es una generación de ejecutivos, formada en las universidades y no en las dificultades del comercio; su trabajo es generar ganancias sin una necesidad real de las mismas, permitiéndose el lujo de divagaciones abstractas. Si de veras tuvieran principios morales y fueran coherentes, devolverían el poder de esa riqueza acumulada; y restringiéndose a la función básica del servicio, permitirían un respiro a los pequeños productores, que potencian al individuo y no al siervo.

Eso no es posible, precisamente porque carecen de principios, en competencia feroz por la autoridad del estado; que es lo que ha variado naturalmente sus intereses, de económicos a políticos, contra su monopolio por los estados. Así comenzó la decadencia imperial romana, de la que nace Occidente, como un principio hasta de su cultura política; cuando el estado perdió su capacidad de gobernar su compleja jurisdicción, en la esclerosis de su crecimiento desmedido.

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Así, lo más probable es que los gobiernos terminen disolviendo su autoridad, en la ambición neofeudal de estas empresas; de lo que ya hay al menos una organizaciones en ese sentido, como el Consejo Americano de Intercambio Legislativo. Así fue que los germanos colapsaron la unidad imperial romana, cuando el capital se contrajo a la fuerza militar; con la diferencia de que hoy el capital es intelectual y no político, porque la política es sólo la expresión última del capital.

Eso quiere decir que probablemente el capitalismo logre sus ímpetus neofeudales, desplazando a los estados; al menos si estos no recuperan su autoridad, que reside en la población, con la base de la pequeña y mediana empresa. Esto sería lo que cambia con la dependencia del gobierno de impuestos corporativos, en su afán de crecimiento; que sólo consigue con la subvención popular —en la corrupción de su capacidad productiva—, a favor de la hiper representación de las oligarquías.

Eso fue lo que pasó en Francia, debilitando al estado ante la aristocracia, con su dependencia de la alta burguesía; cuando el estado se jugó la mala pasada a sí mismo, de fortalecerse apelando a esa burguesía para debilitar a la aristocracia; y como esa alta burguesía es la que se fusionara luego con la aristocracia inglesa en América, creando la nueva oligarquía. Se trataría así de la misma búsqueda de capital político, por esa nueva aristocracia, que despliega su poder como moral; pero que es sólo una oligarquía, como la que siempre ha sostenido la ficción de democracia, reventada en contradicciones como esta de Dylan Mulvaney.

La democracia es el único sistema político funcional, porque es el instrumento del estado moderno, aún defectuoso; son estos defectos los que lo debilitan de continuo, por la anti naturalidad del sistema, con la precariedad de su equilibrio. Esto es lo que ocurre con esas justificaciones trascendentes, como la amenaza constante de socialización; y que no es sino la feudalización de la sociedad moderna, con la supresión del individuo, reducido al servicio de estas élites.

Thursday, December 3, 2020

De la naturaleza política de los conflictos de conocimiento, como base para las inconsistencias del humanismo moderno

 

Hay una reticencia científica a confirmar los presupuestos religiosos tradicionales con los recientes postulados de la física cuántica; lo que se debe a que aunque aquellos nieguen intuitivamente la determinación primera de lo real en la materia, su idealismo resulta igualmente determinista. Es decir, el problema está en la contradicción de materia y espíritu, como una falsa contradicción, propia de la tradición idealista; que es donde único se pueden abstraer los fenómenos reales, como propios de una naturaleza espiritual (idea) o material.

La contradicción de la física se refiere a la indeterminación primaria de la realidad, mientras que el idealismo es determinista; lo mismo si entiende esta determinación primera en la materia que en el espíritu, contradiciendo siempre esta indeterminación. Por eso, los descubrimientos de la física cuántica apuntan a una recuperación de la tradición realista, siquiera como necesidad; ya patente desde la apoteosis idealista, significada en la evolución del Idealismo de trascendental (Kant) a absoluto (Hegel).

Al respecto, la deficiencia científica sería la no distinción entre la realidad en cuanto tal (prehistórica) o en cuanto humana (histórica); como un conflicto aún no solucionado, que permitiría la comprensión posterior del proceso de determinación de lo real, como el de la determinación de la substancia en Aristóteles. La realidad prehistórica tendría un valor propio y objetivo, mientras el de la histórica sería subjetivo; ya que esta última es la que se conforma en la cultura, como consciencia del Ser sobre sí, en su relación con el entorno, que es esa realidad prehistórica.

Sin embargo, esa deficiencia tiene sentido, porque su naturaleza es antropológica y no material o científica; ya que los presupuestos hermenéuticos de las ciencias modernas son materialistas, y por tanto aún responden a esa falsa contradicción entre materialismo e idealismo. Como diferencia, el realismo no abstrae lo real en materia y forma, que como conceptos tienen una naturaleza idealista; incluso en el caso del materialismo, como simple postulación de falso realismo, por la necesidad de un referente crítico propia del Idealismo; dada por su evolución a través del racionalismo positivo, en contradicción directa con la tradición realista.

En cambio, el realismo plantea lo real como una unidad estructural, cuya condición formal proviene de esa misma estructuralidad; que es de otra forma incomprensible, como el proceso de determinación de lo real, que es propio de la substancia. El otro error, también histórico, es la de comprender este proceso como espacio temporal y no propio de la estructuralidad misma del fenómeno; como una alteridad de valores, en que lo real es a su vez indeterminado como principio (potencia) y determinado en (acto); todo como los distintos niveles en que ocurre la realidad, no ya como una extensión o naturaleza (rex-extensa), sino como una estructura en sí.

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Lo importante sin embargo es comprender que, incluso si hermenéutico, la naturaleza de este conflicto es política; desde donde ocurre como una redeterminación artificial sobre la cultura como realidad, por las tensiones en que se resuelve la sociedad. La explicación del fenómeno es histórica, originándose en el conflicto que resuelve la secularización de la sociedad con el racionalismo cartesiano; como el fenómeno que va a separar las prácticas de conocimiento, entre la tradición realista premoderna y la idealista, de la modernidad.

Esta transición no es revolucionaria en ese sentido político, ya que el desarrollo del realismo era anti institucional; resolviéndose en contradicción al dogmatismo agustinita, que era el propiamente institucional, a lo largo de la escolástica. En verdad, la transición salvaría el escollo del realismo, para las funciones institucionales, con la evolución a los poderes seculares; que no por gusto ocurren con el reajuste de las estructuras políticas de la sociedad feudal, en su contracción por el apogeo relativo de la burguesía.

Wednesday, October 28, 2020

¿Cuál es el poder real las redes sociales?



 No hace mucho, Prager demandó a Google por sus prácticas censoras en YouTube, y perdió la demanda; la jueza determinó que YouTube era una compañía privada, y podía establecer su propia política de servicios. El problema es típico de las tensiones políticas que se están viviendo, provocadas por una confrontación ideológica; en que las personas de tendencias conservadoras viven a la defensiva, ante el franco autoritarismo de las liberales.

Por supuesto, queda por establecer la relatividad de todos esos conceptos, que son más bien intercambiables; pero lo importante aquí es la inconsistencia misma de la confrontación, con todas sus innúmeras contradicciones. Más allá de si esas tendencias son realmente liberales, lo cierto es que juegan con cartas capitalistas; como las del derecho y la propiedad particular, con las que han acaparado el mercado.

El problema está en la sujeción voluntaria a esa oferta de gratuidades, que como siempre tienen muy poco de gratuitas; no ya porque se trate de un negocio que vive del comercio de información privada, sino del poder que con ello adquiere. Ese poder es ciertamente conferido por los usuarios, que acceden a subordinarse al autoritarismo de esas redes; algo a lo que nada los obliga, pues ni siquiera quienes trabajan en el medio tienen que participar de este más allá de ese compromiso.

El problema con la libertad individual no es que sea difícil sino que es cara, y se pierde muy fácil con un par de banalidades; como esa adicción que nos sujeta al medio, como antes lo hicieran los cigarrillos y el alcohol. Es probable que el gobierno termine teniendo que regularlos, pero también es probable que esos esfuerzos sean insuficientes; sin embargo queda la potestad de participar o no de esos medios, concediéndoles o no con ello el poder plebiscitario que poseen.

Es absurdo esperar que las redes se abstengan de aprovechar el poder político que nuestra participación les confiere; pero siempre queda la potestad de no conferírselo, obligándolas a un reconocimiento efectivo de sus consumidores. Eso, sin embargo, no puede venir como una coerción gubernamental, que se traducirá en autoritarismo gubernamental; porque el problema no está en el origen del autoritarismo sino en su naturaleza, y esta es la que depende de nuestra potestad individual.

Aunque las redes comercien con nuestra información, sus servicios siguen siendo técnicamente gratuitos; ya que ese comercio de nuestra información es sólo consecuente, no sujeto aún a la transacción. Esa gratuidad es la que pagamos como los impuestos socialistas, con la supervisión ideológica y la reconfiguración cultural; que reconozcamos el peligro no es suficiente, si no va acompañado de acciones concretas y responsables, que pongan a cada uno según su lugar.

Hay mil servicios pagos, que volverían la cultura al carril del capitalismo industrial, desplazando lo ideológico; pero lo harían precisamente reinstaurando el poder de la economía para hacer sus determinaciones políticas de la sociedad. Es decir, restringiendo y condicionando el acceso a los medios, según el poder económico efectivo para ello; algo que tiene que ver también con las prioridades y la responsabilidad individual, en un sistema no asistencial ni clientelista.

Nuestra incapacidad para recurrir a ellos, llevándolos incluso a la ruina con nuestro desdén, explica la procedencia del autoritarismo que tememos; que como el socialista, no puede vivir sólo con la supuesta maldad de un ser supremamente malvado, sino de la debilidad de nuestro ego. Acudir hoy a la regulación de las redes, no es si no alimentar nuestra propia regulación posterior por esa supremacía gubernamental; la libertad como condición existencial, depende de las decisiones que tomamos, de las que también somos responsables.

Tuesday, October 27, 2020

El problema político —no económico— intrínseco del socialismo [ frag.]

 A partir de aquí, la hermenéutica marxista se equivocara en la interpretación del problema de la libertad; que contrario a su determinación ideológica, no se reduce a una tensión entre el deber ser y la potestad individual. Incluso las versiones occidentales y consiguientemente más liberales del Marxismo errarían en este sentido; ya que el problema de la libertad no es ideológico sino ontológico, como una condición intrínseca al hecho mismo de Ser.

No se trata de que el ser humano no sea un ente eminentemente político y social, sino que esta condición es relativa; dependiendo siempre de la consciencia del Ser —que siempre es concreto— sobre ello, y las decisiones que toma al respecto. Así, el hombre responde a sus circunstancias de modo consciente hasta que deja de hacerlo, según eso satisfaga sus intereses y necesidades particulares; que es el margen de potestad individual, por el que todo esfuerzo de subordinación absoluta de la persona humana termina por fallar en algún momento.

Eso no es un problema ideológico (moral), debido a las presiones de la sociedad burguesa y su cultura de consumo; sino que se debe a que la contradicción ideológica es siempre particular, referida a la persona concreta de que se trate. Ese es el punto exacto en que se quiebra la autoridad, en su incapacidad para regular de modo exhaustivo la actividad humana; impotente así tanto al desarrollo de esos intereses particulares, como a su consiguiente evolución en una nueva especialización de la clase, con la afectación de sus individuos.

En el sentido expresamente ideológico, el autoritarismo clasista es también sobrepasado por esta condición; que siendo intrínseca a la persona concreta, no puede evitar el desarrollo de un pensamiento propio de la misma; que se será inevitablemente crítico, al tener que desarrollarse en contradicción con esa determinación proveniente del entorno. El autoritarismo socialista es de ese modo hasta contra producente, ya que en realidad entorpece el proceso propio de la economía capitalista; cuyo desarrollo deriva progresiva pero naturalmente hacia formas políticas de corte relativamente más liberal.

Este es además un proceso independiente, respecto al de la élite políticamente especializada en la representación popular; que desde el desarrollo de intereses propios, con un acceso igualmente especializado al capital, se erige así en una seudo burguesía. Este es el proceso ya intuido y ampliamente desarrollado como de formación de la nueva clase[1], negado en la ortodoxia hermenéutica del marxismo; explicando en ello esa incapacidad para comprender el problema de la individualidad, por su incomprensión anterior de los problemas graves de la ontología.



[1] . La nueva clase es un libro testimonial del serbio Milovan Dilas, que narra la progresiva decepción de los intelectuales de la órbita soviética (marxismo ortodoxo); aunque relata el proceso de corrupción de la clase política dentro de la estructura política del estado socialista, es más un documento político que una sistematización sociológica.

Monday, October 19, 2020

Introducción a una crítica no sistemática del Marxismo

 

Ninguna crítica extensiva y puntual del Marxismo puede ser efectiva, ya que sólo lo renueva y actualiza epistemológicamente; de hecho, fue así como se estableció el universo epistemológico del Idealismo moderno, desde las críticas tempranas al racionalismo. Tampoco es necesario, la evolución del pensamiento se da en la superación sucesiva de los diversos sistemas, según sus necesidades propias; que son las que dirigen el desarrollo en general, con el de las diversas escuelas y tendencias en que se realiza.

En ese sentido, como todo sistema, el Marxismo habría surgido de una necesidad referencial propia del Idealismo; que a su vez, habría surgido de una necesidad referencial propia del pensamiento, en la superación del Realismo. Que ambos ocurran distintamente en el Medioevo y la Modernidad no es casual, pero tampoco respondería a otra determinación que la del desarrollo mismo; que es un proceso propio de la cultura, pero independiente dentro de ella, en una relación diacrónica con los otros procesos.

El Marxismo habría sido así sólo la apoteosis del desarrollo del Idealismo, como el Tomismo lo habría sido del realismo; en ambos casos se habría tratado de sistematizaciones más o menos puntuales, a través de las cuales se desarrollaría el pensamiento occidental. Atribuir un sentido moral a ese desarrollo, es incurrir en la misma falencia que los hace insuficientes y complementarios a todos; que es la razón por la que, en definitiva, sólo se trataría de ese desarrollo continuo, misterioso en sí mismo, que lo determina todo en la historia.

De ahí que, como todo sistema de conocimiento, el Marxismo sólo crea un universo epistemológico; con el que se puede comprender la realidad en unas condiciones dadas, más allá de lo político. En este caso, la peculiaridad del Marxismo reside en su carácter doctrinal, con una equivalencia funcional cercana al cristianismo; ya que su importancia es más cultural que filosófica propiamente ducho, incluso en ese sentido de apoteosis del Idealismo.

Por eso, el Marxismo sólo responderá en su desarrollo al mismo proceso de entropía que todo otro sistema; cuando una vez sobrepasado su punto de máxima eficiencia, sus categorías se hagan paulatinamente obsoletas. Eso es lo que ocurrirá con el descubrimiento de sus falencias políticas, como la falsa tensión entre socialismo y capitalismo; que hasta como principio no serían más que estados distintos del mismo proceso, no contrastables entre sí, como no se contrasta la característica al carácter.

Es por eso que una crítica puntual y extensa del Marxismo sólo entorpece su superación, con la actualización constante; tal y como la recurrencia del realismo cristiano, que a falta de un equivalente secular sostiene a la institución eclesiástica —religiosa en general— en su obsolencia. En ese sentido, el Marxismo habría cumplido una función básica, con la comprensión de las determinaciones económicas de la estructura política; fallando sólo en el aspecto ideológico, con el que emularía el mismo proceso de alienación política de que acusara a la religión.

Después de todo, como una religión se comportó, alimentando fanatismos y leyendas áureas como las cristianas; y como la religión será superado, en la ineficacia de esas pretensiones políticas que siempre pierden a lo humano. De ahí que, para resguardar la eficacia, toda crítica del Marxismo ha de mantener la perspectiva; dirigiéndose sólo a las inconsistencias sistémicas, que siempre le debilitan la base hermenéutica con el entusiasmo febril de la pasión política.

Como en la religión, estas inconsistencias serán superadas con la sola fide del fanatismo y el suprematismo moral; pero sobre todo, eso no es importante, porque todo lo que decae deja de serlo en ese proceso propio del envejecimiento. La rebelión cartesiana del realismo hace rato que ya tuvo lugar en alguna parte, y sólo falta el Kant que le devuelva el alcance trascendental; antes de eso, un espeso humanismo como el de Hobbes y Hume ha protestado, por la terrible inhumanidad del autoritarismo corporativo marxista.



Sunday, October 4, 2020

Nueva historia interminable para Francis Fukuyama

 

Roma no cayó abruptamente, sino disuelta entre los mil feudos bárbaros que la habían desnaturalizado; y la dinámica pareciera repetirse, con los Estados Unidos y los mil feudos bárbaros de su corporativismo. No obstante, la caída de poderes imperiales no responde siempre a los mismos impulsos; el de Alejandro Magno no se disolvió como el romano, sino por la muerte del líder inmediato, que no dejó estructura.

El del Kaiser era un impero débil de por sí, establecido sólo en términos muy convencionales, no de poder efectivo; y así sucesivamente, ningún imperio sucumbió por las mismas circunstancias, si ni siquiera se formó del mismo modo que los otros. No obstante, sí hay dinámicas constantes, que apuntan a la desintegración de un poder central en otros locales; que era el peligro que corre Norteamérica, con la desproporción en que crecen sus corporaciones, como poderes alternativos.

Hay algo que identifica a Estados Unidos con Roma, distinguiéndolo del imperio alejandrino y de cualquier otro; y que les hace sólo comparables al cataclismo minoico, por cuanto tienen de macro estructural en las transiciones que provocan. En el primer caso, el vacío provocado por el cataclismo minoico dio lugar a la primera apoteosis de la economía; que a partir de la expansión comercial fenicia, permitiría la organización secular de la sociedad, en el capitalismo.

En el segundo caso, el autoritarismo romano fue sobrepasado en su elefantiasis por la autosuficiencia de los bárbaros; que con énfasis en ese mismo modelo, conducirían al mayor estancamiento político de todos los tiempos, con la economía feudal. En ninguno de esos casos, la estructura en declinación se había constituido por un elemento que pudiera renovarla; a diferencia de Estados Unidos, cuyo esplendor es lo que marca el comienzo de la declinación de Occidente.

Eso es lo interesante, Roma marcó su fatalidad con el autoritarismo feudal con que Julio César funda el imperio; mientras que en estados Unidos, la naturaleza misma de su modelo republicano permite y alimenta las apuestas a su favor. Las intrigas políticas estadounidense son como las romanas, pero los estadounidenses no son como los romanos; son, de hecho, el reservorio de individualidad que puede contener el empuje feudal de la aristocracia corporativa.

Más allá incluso de las salvaguardas legales, la singularidad norteamericana reside en la de su cultura; formada por el desiderátum de todo lo que no se podía adaptar a la lenta reconfiguración política de la Modernidad.  Los políticos norteamericanos se mueven en la misma dirección de los romanos, pero ambos se proyectan sobre pueblos distintos; el pueblo romano fue fácilmente reducido a la condición proletaria, el norteamericano desconfía por naturaleza de la protección estatal.

Eso tiene su origen en la migración original, más parecida en su fundacionalismo al éxodo judío que al troyano; que es lo que se refleja en la segregación de una élite original entre nos norteamericanos, tal y como los judíos, pero no los romanos. La élite romana se funda y legitima en la tradición griega, que huye derrotada de Troya, siquiera como convención; no se forma en el lugar, o al menos no en la forma en que se legitima a sí misma, contrario a la norteamericana.

Los norteamericanos, en cambio, son como los judíos, el detritus inadaptable de la estructura tradicional; y hasta su misma integración ocurrirá a lo largo del tiempo, más bien como la confederación tribal de los judíos. También los griegos respondieron a esa dinámica, pero no los romanos, y eso es lo que singulariza a Norteamérica; como un residuo que nace en la apoteosis misma de la Modernidad y no con la Modernidad, por lo que puede ser la base del orden futuro.

Es decir, la actual crisis norteamericana se parece más a la que diera lugar al medioevo, con la lenta configuración del imperio carolingio; pero a partir de la desintegración definitiva de Europa, con la estabilización definitiva de los Estados Unidos. Son procesos que en todo caso sólo se aprecian al paso de los siglos, con tres de ellos como mínimo; que van desde la primera determinación a la apoteosis, siendo esta la nueva determinación de un nuevo proceso.

El de Estados Unidos no habría comenzado en el siglo XVI sino en el XIX, como el de Roma con Tarquino y no con Eneas o Ascanio; de hecho se habría tomado siglo y medio para consolidarse en su modelo republicano, con las últimas consecuencias de la Guerra civil; y otro siglo para alcanzar su apoteosis, marcando con ello la declinación de Occidente, pero en su propia gloria. Es a partir del último cuarto del siglo XX que Estados Unidos se apresta a su crisis definitiva, pero como un proceso de purificación; que en un reordenamiento definitivo de su estructura interna, se dirija entonces a una lenta declinación propia.

Thursday, August 6, 2020

El problema con la cultura de la cancelación

Respondiendo a Marissel Hernádez Romero

Como cultura de cancelación se conoce la práctica política de suprimir expresiones por su contenido ideológico; por lo que deviene en una práctica política eficaz, dirigida a redeterminar el pensamiento, entendido a su vez como una cultura. Eso no está descaminado, si en definitiva eso que entiende como cultura se refiere al espectro epistemológico a que se remite la reflexión; que en términos estrictamente políticos —no existenciales— es la que determina las políticas concretas con que se trata de redeterminar políticamente a la sociedad.

El problema está en este origen político mismo, porque careciendo de valor existencial, desconoce la base misma de los problemas que atiende; una deficiencia típica y recurrente, que explica las dificultades en que decae finalmente la sociedad moderna, en la contradicción última del capitalismo. No es casual entonces que el concepto aparezca como reacción a las proyecciones políticas de las élites intelectuales; aunque más exactamente se refiera a las élites intelectuales convencionalmente instituidas como una clase política.

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Esa diferencia es sutil pero importante, porque establece una clase intelectual que no pierde su vínculo de origen; en el sentido de que, no pasando por las convenciones institucionales, retiene su naturaleza popular original. Esta diferencia no habría existido hasta mediados del siglo XX, cuando estas élites ya se especializan en un valor institucional; por el que recuperan la voluntad que les diera origen durante el renacimiento carolingio, tratando de establecerse como una clase política.

Esto se refiere a su vez a ese origen de la cultura moderna, en la lenta transición del alto al bajo medioevo; que ocurriendo como apoteosis en entre los siglos VIII-X, en realidad habría comenzado con el establecimiento mismo de la era medieval, en el siglo V. Desde entonces, sobre todo con la cultura carolingia, la monarquía va a tratar de salirse de la tutela religiosa; para lo que va a crear su propia élite intelectualmente especializada y secular, de la que extrae su propia legitimación trascendente.

De ahí la proliferación de las escuelas palatinas, en competencia directa con las monásticas y catedralicias; y de las que proviene la creación de las universidades medievales, como preparación de la apoteosis en que culmina el medievo hacia los siglos XVII-XVIII. El problema es que en el entretanto, la cultura como realidad específicamente humana habría sufrido la tremenda transformación del cristianismo; que crearía un universo epistemológico nuevo, ya en la sujeción de la reflexión existencial a su organización ideológica en la doctrina cristiana.

De hecho, es en este ardid agustinita que el cristianismo incorpora su de otro modo incomprensible maniqueísmo; resolviéndose como una lucha a perpetuidad entre el bien y el mal, que como entes abstractos van a plantear el otro problema de la prevalencia del bien (Dios). Es a ese carácter convencional que el cristianismo debe su carácter dogmático y doctrinal, resolviéndose por una serie de mitos supuestamente necesarios; remitiendo todo problema al ejercicio de la autoridad, que es eminentemente político —referido al ejercicio del poder— y no intelectual.

Eso habría sido lo que hizo San Agustín, al ganar las controversias con los maniqueos, como mismo hizo Marx; y el efecto va a ser la reducción del espectro epistemológico a ese valor moral de la ideología, como doctrina definida por sus convenciones dogmáticas. La última evolución de este fenómeno sería esa cultura de la cancelación, basada en el reconocimiento de la interseccionalidad de los problemas sociales como políticos; pero como máxima abstracción del individuo a su valor social Corporativo), en detrimento de su excepcionalidad individual.

El problema con esta cultura, es que subordina al individuo en su función social, como mismo lo hizo el cristianismo; dando lugar, como este en su justificación del autoritarismo feudal, a la del autoritarismo político del estado. También en definitiva, el modelo socialista preconizado no pasa de ser un capitalismo de estado (corporativo); que se organiza en la administración autoría de la sociedad como realidad, a cargo de una élite especializada.

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Esta élite primero habría sido la aristocracia feudal, y es ahora la administración de las grandes corporaciones; que en competencia con el estado, genera su propia clase especializada de administradores (managers) como falsa burguesía. En los estados socialistas, esa falsa burguesía va a ser la del partido, y en ambos casos se alimenta de la intelectualidad institucional; que como tecnocracia, va a terminar por corromperse como la burguesía que imita en su dinámica, en la atención de sus propios intereses.

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Eso no puede verse, por la reducción del espectro reflexivo a la ideología, desconociendo la excepcionalidad individual; en tanto reduciendo esa individualidad a la abstracción de la clase, no le permite a ese individuo la percepción de esa individualidad de sus intereses. La cultura de la cancelación es así la imposición del mismo autoritarismo feudal, paralelo y en consonancia con el corporativismo postmoderno; que sea de parte del estado socialista o de los grandes capitales, se dirige a esa supresión de la individualidad.

Más allá de estas sutilezas, a grandes rasgos el problema con esta reducción marxista está en esa violencia ideológica; porque resulta en una fatalidad, por la que la dialéctica no llega a cumplirse nunca, sino que se repite a perpetuidad. Esto es, en la confrontación clasista que resulta de esa generación constante de una seudo burguesía corrupta; que sólo se va a eliminar con la generación de otra seudo burguesía igual de corruptible, por esa función tecnocrática que desconoce siempre toda individualidad.

Como en el caso del cristianismo, el debate se cierra por la negación dogmática de la supuesta supremacía moral; como cuando Dun Scotus silenciara las posibilidades existenciales y reflexivas del realismo con su especialización argumental, que por algo se llamó el doctor subtilis. El marxismo emana de nuestras universidades, y sella toda posibilidad reflexiva como en las medievales el agustinismo; más allá de ellos el individuo permanece incógnito en su supresión autoritaria, insobornable aunque sea a despecho por su innegable libertad individual.

Saturday, August 1, 2020

Del diccionario político cubano


El problema con el extremismo, es que responde directamente al prejuicio y no al juicio, en una diferencia capital; ya que aunque con una función de base propia para el juicio —basada en la experiencia— no es suficiente para suplir al mismo. Eso se debe a que la experiencia proviene de una circunstancia anterior, similar en principio pero no idéntica; por eso toca al juicio el discernimiento, que detectando las diferencias respecto al fenómeno, pueda adecuarse al mismo.

Eso es lo que explica la forma espiral del desarrollo dialéctico, por esa adecuación en la determinación del acto; que no se respeta al hacer esta determinación desde el prejuicio mismo en vez de desde el juicio. El problema por tanto no es moral sino práctico, aunque por esta naturaleza práctica sea codificado como moral; que así resulta parte fundamental de los códigos en que se organiza la cultura como naturaleza, o realidad exclusivamente humana.

El extremismo es así la negación de ese lapso reflexivo, por el que la conducta se adecua al fenómeno en su determinación; que es por lo que en vez de resultar en un desarrollo espiral, resulta en un estancamiento. Esto es lo que se figura con el círculo, en el que los actos y fenómenos simplemente se reproducen a perpetuidad; algo ya ilustrado en los mismos códigos morales de la cultura, con aquello de que los extremos se tocan.

Según eso, por ejemplo, cuando alguien se pasa de listo ya es tonto otra vez, y los puristas son viciosos por defecto; en lo que viene siendo una regla de eficacia inaudita para detectar el fraude político, que si inocente por pretencioso no es menos dañino. La moderación en el juicio es así otro instrumento político eficaz, por su eficiencia para medir la madurez política; que es lo que va a explicar la mayor o menor armonía de las relaciones funcionales en que se organiza la estructura social como política.

Thursday, July 9, 2020

De nuevo, ideológicas


Incluso si se sabe que el enfrentamiento ideológico no es nuevo, todavía queda por ver cómo se desarrolla; el deterioro de la filosofía presocrática es sólo un efecto superficial, nocivo pero también reparable en su superficialidad. Probablemente fuera este mismo vicio, en una cultura sin fuerza para el dogmatismo, lo que hastiara a los fisiólogos; que en su tiempo tienen que haber lidiado con supercheros más graves que los vendedores de aceite de serpiente en nuestros caminos.

Las mismas escuelas menores no se desarrollaron sobre sistematizaciones ontológicas, sino sobre presupuestos éticos; y eso como la satisfacción de necesidades supuestamente evidentes, en códigos morales con poca variación entre sí, si alguna.  El enfrentamiento que da forma a la patrística cristiana, recurre a esa filosofía de los antiguos, pero es ideológico; se dirigía a la convención de las normas morales, que regirían a la nueva religión en sus dogmas, como determinaciones básicas para su cultura.

La conclusión agustina de dicha tradición, en el enfrentamiento con los maniqueos, no es sistemática; sino que acudiendo al argumento retórico (sofista) antes que a la postulación filosófica, es también ideológica. Irónico en esa genialidad de abogado, conformaría en esta confrontación su ideología, soportando sus propios dogmas con argumentos maniqueos; en una de las victorias más inteligentes de la retórica, como si copiara los manuales de la guerra de los sabios chinos; sólo que los sabios sabían que la guerra era una derrota para todas las partes, y se reducían a limitar los daños propios.

Las sucesivas peleas en que siguieron enfrentándose los cristianos a lo largo del medioevo, eran ideológicas y no filosóficas; los campesinos se mataban entre sí por conceptos tan abstrusos que quienes los predicaban apenas los comprendían. Habría sido en esta algidez asidua que la ideología sustituyera a la filosofía en su función reflexiva, ya como cultura; porque contrario además a los antiguos, aportaba el recurso grosero de la violencia popular como ejercicio político.

Esa violencia es lo que desconocieron esos antiguos, incluso si eventualmente violentos en su extrema individualidad; Diógenes era un excéntrico, en ese sarcasmo con que podía menospreciar a cualquiera con su suprematismo ético. Pero ya a la altura de las soberbias parroquias y abadías medievales, el ascendiente popular y la demagogia desarrollaron esplendor; y esa fue la cultura en que se dio la modernidad, como su fruto más lógico y natural, en el estrellato de sus pensadores fulminantes, no profundos.

Bien planteado, el método cartesiano sólo actualiza al silogismo aristotélico, adaptándolo a nuevos parámetros de credibilidad; es en la agresión confrontacional que adquiere valor político, sobreponiendo la violencia ideológica al valor reflexivo de la filosofía. De ahí que fuera él quien determinara la distorsión toda del pensamiento moderno, con su recurrencia al idealismo; cuya confrontación ya no era funcionalmente reflexiva sino doctrinal, a la altura del cristianismo dogmático que combatía.

Ese es el tipo de fenómeno que va a enfrentar el marxismo, independiente de sus méritos o deméritos reflexivos; y como antes el cristiano agustinismo frente a los maniqueos, va a basarse en la argumentación retórica antes que en recursos estrictamente filosóficos. De hecho, toma por licencia el postulado hegeliano sobre la contracción de la filosofía al estudio de su historia; para terminar postulando, como el excéntrico Diógenes desde su superioridad moral, que la función del pensamiento no es comprender la historia sino cambiarla.

El postulado marxista no es expresamente sobre el pensamiento sino sobre la filosofía, pero esta se ha reducido ideología; que es como único puede asumir esa función política que le atribuye, recurriendo a la violencia popular con la demagogia. Eso de paso explica el carácter definitivo de la cultura que abre el siglo XXI, como el fatalismo dialéctico inducido por el marxismo; del que sólo salvaría una contracción, tan improbable como la que concentrara la desmesura de Dios en un sefirot, para hacerle lugar al mundo como su creación.

Tuesday, July 7, 2020

Alea iacta est


Pareciera absurdo tener que explicar la inutilidad del enfrentamiento ideológico, pero no lo es; en eso radica precisamente la decadencia de la modernidad, apenas cruzó fatigada su Rubicón del siglo XVIII. Como Roma, la modernidad no pudo ver en ese esplendor prepotente la cúspide desde la que caería; en un despeñamiento que cobra intensidad a medida que su gloria se acerca al inevitable fin, rodando por las laderas de su historia.

El enfrentamiento ideológico también tiene su precedente, en aquel furor sofístico que diluyó el interés filosófico de los antiguos; hasta que sólo el más pedante de entre los sofistas, sofista él mismo, pudo poner en evidencia la locura con la suya propia. El ejemplo sin embargo, apela a la naturaleza abstracta del fenómeno, no a sus efectos prácticos ni a sus causas y consecuencias; se limita al absurdo del absurdo mismo, aunque sin dudas ya eso era bastante para los tempranos tiempos en que se inauguraba Occidente.

El fenómeno se repetiría, y esta vez sí que con consecuencias políticas, cuando la moral católica hubo de enfrentar al peligro realista; con una retórica que recurría a la supremacía moral de la teología, para atajar la libertad de pensamiento. Es así que se sentó ese precedente de la supremacía moral como instrumento político, por el valor añadido al poder desmoralizador de la retórica; junto a esa otra perversión de la institucionalidad escolástica, como el gran apaciguador, que diluiría las doctrinas peligrosas con su convencionalismo.

Debe ser por eso que nadie pudo identificar esa apoteosis del XVIII como la hecatombe, tras la que se apura el final; que así pudo cumplirse en su función exacta, preparando las bases para la depauperación paulatina. La misma reducción de la crítica Marxista a lo positivo y lo negativo de sus contrarios, sin comprenderlos en sus sistematicidad; la misma reducción del cristianismo a tratadillos parroquiales, que obvian la sutileza del valor onto y antropológico de su teología; la misma reducción —por el propio marxismo— del tratado enorme de su tiempo que es El Capital, a las síntesis que obvian su espesa metafísica del capitalismo.

Todo eso hace que se desperdicie el pantano de las contradicciones del capitalismo, entre las otras innúmeras del socialismo; para que el pantano siga ahí, inexplorado en los mil recursos que bullen bajo sus aguas, de donde único puede salir la vida. La confrontación ideológica es como una pelea tumultuaria entre pescadores, que tratan de imponer un método para dirigir la pesca como una acción corporativa; desconociendo que el acto, incluso si cooperativo, es de todas formas individual, y que en todo caso ignoran a los ociosos peces que necesitan.

Ni el Anti-Dühring ni las síntesis del capital transmiten el valor del marxismo, sólo dirigen los cerebros vacíos de la soldadesca bruta; como ni toda la hermosa literatura de la negritud, que interpreta al marxismo patrocinador, arregla la vida de los negros que dice representar. El hombre está sólo ante el universo, y cualquier cosa que adquiera para esta relación es sólo un instrumento; pero que por lo mismo no lo puede guiar en una búsqueda que no le interesa, porque es sólo un instrumento y ya ha cumplido su fin en sí mismo.

Es decir, todos esos tratados tienen un sentido profundo, pero que los agota en sí mismos y los reduce a mera precedencia; quien se alimente de ellos y no ejerza su propio pensamiento sólo puede engordar, como los maestros universitarios. Claro que eso tiene su valor, pero únicamente si sólo le interesa ser un maestro universitario y no resolver los problemas; lo que es legítimo sin duda alguna, como legítimo es el ocio del burgués que alimenta su gota con las comilonas, y nada más.

Monday, July 6, 2020

El socialismo que viene


Todavía se estremece el mundo con el boicot a Facebook, por negarse a seguir las directivas; que están dirigidas a censurar cualquier cosa que cuestione la autoridad del pensamiento liberal, en cuestiones de moral y política. Pocos recordaron que la férrea tradición de censura a la prensa comenzara en Cuba con la coletilla; la práctica hoy rescatada por Twitter y que Facebook se negara a aplicar, a pesar de su propio historial en este sentido.

No sólo Facebook cedió a las amenazas, sino que lo hizo porque le pegaban donde le dolía, con los anuncios; esa extraña forma de poder político, que emanada del pueblo como consumidor, sirve a los gigantes tecnológicos de constante referéndum. El problema es que como en el control absoluto del partido en los países socialistas, ese voto es silencioso y pasivo; extraído con la coerción de la agresividad con que se expanden esos mismos gigantes tecnológicos, como un poder político efectivo.

Como falacia, esto se puede adjudicar al carácter contradictorio que supuestamente acabará con el capitalismo; como mismo afirmaba el campo socialista, justo en la misma medida en que se desmoronaba ante el impertérrito capitalismo. No es que el sistema no tenga contradicciones, propias de todo lo que se desarrolla con cierta naturalidad; sino que estas no consisten nunca en argumentos falaces, con los que imponer esa necesidad artificial del socialismo.

Es precisamente para sortear sus múltiples contradicciones naturales, que el capitalismo exige la regulación; que si es excesiva lo ahoga, pero si no existe lo destroza igual en ese salvajismo de las relaciones de mercado puras. El problema surge así en el vicio del llamado neoliberalismo, que confió en la honestidad de sus administradores; justo como el socialismo creyera en la de los suyos, cuando estos se abstraían además en el carácter eclesiástico del partido.

En todos los casos la amenaza es la misma, la organización corporativa de la sociedad, sujeta a un modelo autoritario; cuyo poder incontestable reside en la legitimidad moral de su vigilancia sobre la estructura toda de esa sociedad. Ninguno de ellos sabe que no hay autoridad mayor que la iniciativa privada, sobre la que se sostiene el capitalismo; que es de paso el único sistema real, porque es el que organiza esas relaciones políticas como económicas.

Esa es la razón de la baja progresiva de productividad en esos sistemas totalitarios, que se suman a la corrupción; un fenómeno a su vez que se hace vital al conjunto de la población, como único recurso para la subsistencia. No pueden saberlo, ensoberbecidos en esa arrogancia intelectual, que les alimenta el suprematismo intelectual; pero sí lo descubrirán pasmados, cuando la violenta contracción económica termine por expropiarlos o disolverles la ganancia.

Es la misma razón por la que nadie entiende la improductividad sistémica del socialismo, atado al milenarismo con su racionalidad aparente; que desconociendo la voluntad individual, sólo puede ahogarla con su apelación fanática a la sublimidad de esa fe, que todo lo justifica. Cualquier sistema basado en la colectivización forzosa de los esfuerzos está por eso destinada al fracaso; que es la razón por la que finalmente se impusiera el capitalismo industrial como modo de producción, sobre la economía de plantaciones de la esclavitud.

El socialismo es improductivo, porque es un sistema de redistribución, no de producción como el capitalismo; cuyas injusticias no son más atroces ni absurdas que esas del socialismo, sólo que sin su justificación trascendente en un suprematismo moral. Eso sin embargo tendrá que ser otra lección de la historia, dada la poca disponibilidad del hombre a aprender de otra forma que de sus errores; la ventaja está en que ya puede preverse el paisaje lunar, que se acerca silencioso tras la bulla se los inflamados líderes, clamando por la justicia que ellos mismos no dispensan.

Lo que nadie debe olvidar es que en definitiva, ese poder político sigue siendo emanado de la base popular; que siquiera como consumidor, puede retirar su apoyo y con ello la fuerza coercitiva que impone ese suprematismo seudo religioso. Es poco probable, porque para que eso fuera efectivo el hombre tendría que ser consciente de esa potestad suya; pagando gustoso el precio que tenga que pagar por servicios, no importa lo superfluos o vitales que estos sean, porque nada hay más peligroso que la aparente gratuidad.

Saturday, July 4, 2020

Estrategias


La movilización del 30 de junio pasado puede parecer un fracaso, dado que fue impedida por el gobierno cubano; sin embargo mostró por primera vez una disidencia madura, capaz de actuar en coordinación y de forma total. Entre los signos de esa madurez, sobresale el del reconocimiento y respeto mostrado entre todos ellos; que no sólo reconocieron su pluralidad, sino que además fueron capaces de trabajar en conjunto desde ella.

Por supuesto, este enfrentamiento tiene otras dificultades para el exilio, por su propia localización fuera del país; no porque esto lo deslegitime, sino porque de algún modo le resta perspectiva, sobre los problemas inmediatos de su enfrentamiento. No obstante, el exilio puede convertirse en la más valiosa base logística de la oposición interna, debido precisamente a este distanciamiento; siempre y cuando no pretenda interferir o dirigir ese enfrentamiento, sino limitarse a ese apoyo logístico.

Este apoyo por demás, no debería limitarse al aspecto material y de financiamiento, sino dirigirse m<s en un sentido de diplomacia alternativa; que extienda la influencia de esa oposición interna sobre los recursos de la política externa del país, como sus múltiples foco de apoyo internacional. El valor de esto radicaría en debilitar esa base de apoyo internacional, y por ende la fuerza de su diplomacia; obligando al sistema a concentrarse en esa oposición interna, ya internacionalmente debilitado por su deslegitimación progresiva.

Esto enfocaría al exilio en el problema del apoyo externo del país, blindado por el fuerte trabajo ideológico; que funcionando como una secta religiosa, no admite discusión racional alguna, aunque precisa de la confrontación constante. Esa fuerza de la fe doctrinal y fanática no es sólo la mayor fuerza de esa proyección internacional, sin también su mayor debilidad; ya que no soporta la fuerza de los hechos, dependiendo como depende de la supuesta supremacía moral de su proyecto.

En principio eso es fácilmente contestable, con la prueba constante de la doblez moral de la élite dirigente; pero todavía falla al no alcanzar a demostrar la falacia de su proyecto mismo, reducido a una simple utopía milenarista. En este sentido, la mejor estrategia sería evitar la confrontación directa, sobre la base de que ningún argumento puede contra un dogma de fe; y aquí se trata de un dogma de fe, indemostrable pero necesario como todo dogma, en esa supremacía moral de la utopía.

La respuesta es crear un círculo de pensamiento original, al margen de la dinámica de la confrontación ideológica; como una especie de contracción a las bases filosóficas mismas del pensamiento, que eviten la confrontación ética. Para esto, puede partirse de la relatividad de los códigos éticos, que justifica incluso ese suprematismo utópico de la ideología marxista; como un espacio propio, del que no puedan participar a menos que acepten las condiciones de un pensamiento estrictamente filosófico y no meramente ideológico.

Ese no es obviamente un trabajo del que pueda encargarse una oposición interna, dada la urgencia e inmediatez de sus propios problemas; pero sí es precisamente el tipo de apoyo logístico que le puede brindar el exilio, con la creación de espacios de discusión propios. No obstante, una condición expresa que deben tener estos espacios, sería la de no comprometer su función con financiamiento de gobiernos extranjeros; no por cuestiones de legitimidad sino operativos, en tanto un presupuesto sólo redunda en la creación de una élite especializada y con problemas propios.

Esto se puede resolver con vías alternas, como la voluntariedad de sus participantes, esperable dada la naturaleza política del propósito; creando mecanismos de pago por acceso al material generado en esos espacios, que redunde en el pago de sus propias necesidades operativas. Para evitar los procesos de corrupción, tan sutiles como lógicos, esa debería ser la única forma de recaudar fondos; que nunca se dirigirían a algún pago efectivo a alguno de los miembros participantes, ni siquiera en el caso de trabajos comisionados.

Ya la oposición interna mostró su madurez, y seguro que el gobierno al que se opone también lo ha visto; seguro no han faltado ya las provocaciones, tendentes a descarrilar el curso de la ofensiva que sin dudas anticipa. Es hora de que sea el exilio quien muestre ahora su propia madurez, actuando en consonancia en apoyo de esa oposición; porque hasta ahora, como esa misma oposición, ha sufrido los problemas inevitables de la misma inmadurez, que repercutía en su inoperatividad.

Quizás debamos esperar a que esa oposición así madura genere su propio exilio, como una sucesión generacional; sin embargo, ese nuevo exilio desconocerá la personalidad propia de la tradición que integrará, generando más conflictos de los que resuelva. Será mucho mejor si, estimulado por esa esplendorosa madurez de la oposición interna, el exilio extiende el brazo de su propia capacidad; creando por sí mismo estos espacios, capaces en su suficiencia de emular la eficacia que recién estrenan los de allá.