Friday, November 11, 2016

Donald Trump, o la potestad de Dios

El mundo parecía por fin moverse según pronósticos, y los analistas movían sus reglas virtuales en las computadoras; ni siquiera la increíble maniobra que derrotó a Sanders en las primarias demócratas de los Estados Unidos parecían contradecir la tendencia. Salvo que tratándose de los Estados Unidos, todo es más precario, porque es la postmodernidad; y una victoria de Hillary significaba un estancamiento impensable en un mundo en crisis, y para el que la urgencia no era meramente moral, al menos en ese sentido de la cultura como realidad. Después de la victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, los pronósticos de un movimiento al socialismo deberán ser más conservadores; no porque se hayan equivocado, pero sí porque el movimiento será más inorgánico y dificultoso en su imprevisibilidad.

Un mantenimiento del status quo en la economía neo feudal del capitalismo corporativo es más impensable que la contracción reaccionaria de Trump; porque ese modelo se basa justamente en la inestabilidad de las presiones económicas, que alimentan la crisis constante como estado, que es en sí —y así— insostenible. Se trata entonces de una reacción inorgánica, cuyo inusitado poder reside en la calidad misma de la cultura norteamericana; que como base referencial para la Modernidad, pondrá los condicionamientos necesarios para el traspaso al nuevo orden con su propia y singularísima postmodernidad. Si alguien se fija en los esquemas anteriores, este traspaso era liderado por Europa, que habría sido lo que lo dificultaba precisa y paradójicamente; porque Europa es el espacio sobre el que se revertiría ese huevo orden, como centro de Occidente, pero sólo con su redeterminación en la flexibilidad norteamericana.

Contra lo que puede parecer, con la elección de Donald Trump Norteamérica habría demostrado su suprema flexibilidad; hasta el punto de esta contracción a sus principios básicos, que no son los del gobierno organizado del que huían los fundadores, sino de la potestad individual. Eso es justamente la victoria de Trump, la negativa de la periferia a dejarse arrastrar por la fuerza centrípeta de las convenciones institucionales; y es por tanto el resultado de una cultura tan extremadamente liberal que pareciera lo contrario de tan extrema, cuando es justo la protesta contra la organización corporativa de la sociedad. Después de todo, el partido demócrata no era ya liberal sino neo conservador y corporativista; al menos funcional si no nominalmente, porque la economía no era liberal sino neo liberal, que es un eufemismo para su conservadurismo profundo y feroz.

La victoria de Donald Trump es una respuesta probablemente más eficaz que la del socialismo exprofeso de Bernie Sanders; porque es la del viejo modelo capitalista, que es industrial y en ello individualista, contra ese corporativismo neo liberal. No hay que engañarse, el valor de Trump es reactivo y en ello inaceptable, mientras el de Sanders era positivo, mientras la inocuidad de Hillary Clinton era también inaceptable; de ahí que el período que se avecina será sobre todo azaroso y accidentado, cuestionando la consistencia de los progresos políticos alcanzados; pero por lo mismo también, sería el filtro en el que se sintetizaría finalmente la nueva ideología política, sin el lastre del neo feudalismo corporativista.

Después de todo, los referentes al uso siguen siendo modernos, y aún se trata de la decadencia de la Modernidad; es lógico que la crisis se refiera a sus mismos principios reflexivos, que son los de un Humanismo fraguado en la Edad Media. No sólo eso, el liderazgo europeo de Occidente no partía del pragmatismo inglés sino del racionalismo francés; como dos formas contrapuestas del humanismo moderno, entre las que ya no media la reflexividad el irracionalismo alemán, que nacía de esa base pragmática inglesa en el romanticismo. De ahí que el modelo paneuropeo fuera aún corporativista y en ello neo feudal, ignorando contradicciones como la insolvencia patológica griega; eso es lo que explica la movida funcional, aunque insuficiente, con que Inglaterra fractura el bloque europeo, antecediendo a la debilidad francesa.

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Frente a eso, el liberalismo norteamericano era de inspiración francesa en su moralismo, y no en el pragmatismo inglés; esa es la corrección que se impone ahora, con la adecuación de su elitismo corporativista para corregir las deformaciones de esta reacción, que así pareciera hasta una intervención de Dios. Después de todo, y siguiendo la línea necesariamente metafórica (referencial) de la inerrancia bíblica, se trataría de esa acción misteriosa del Espíritu; que siendo de Dios sería humano, como el hijo que todavía redime en esos alcances tan difíciles de entender de la cultura como naturaleza y realidad.


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