Wednesday, July 1, 2015

The Flag… is it just the flag?

Por Ignacio T. Granados Herrera
La confluencia de la actual crisis política norteamericana alrededor del descenso de la bandera de los confederados, indicaría que de lo que se trata es aún del fin de la guerra de secesión; como si aún se estuvieran negociando los términos del armisticio, con un bando vencido pero que no se rinde. La extensión y la profundidad del conflicto también indicarían que se trata del proceso mismo de la Modernidad, dando paso a otra era; si al fin y al cabo, Estados Unidos fue el fenómeno que concilió todas las contradicciones del paso a la Modernidad, que no podía cuajar en Europa a causa de su institucionalismo. También al fin y al cabo, se trata de la cultura occidental expandida desde Europa más que de una cultura europea; en una refundación que consigue sobreponer su evolución histórica a esa contradicción de sus instituciones tradicionales con esta expansión.

Al respecto se ha discutido el carácter formalmente cristiano o secular de la constitución estadounidense, olvidando la extrema singularidad de este origen suyo; que si bien es profundamente secular, lo es por defecto —a falta de una institución central—, reproduciendo la excepción griega de la antigüedad. Eso quiere decir que ese origen constitucional de los Estados Unidos habría que buscarlo en su propia determinación europea; que es no solamente religiosa sino específicamente cristiana, como lo es toda la Modernidad occidental, que llegó de la mano no sólo del republicanismo francés; sino que también fue posible por el industrialismo inglés,  que es profundamente monárquico, las pretensiones híbridas del pensamiento alemán, y sobre el feudalismo hispánico, al que desplaza. Es decir, que el perfil norteamericano surge como una unidad trascendente, capaz de estructurar lo moderno por sobre sus contradicciones; pero alimentando en ello su propia contradicción interna, como preparando una evolución posterior —y no menos traumática— a otro estadio político de la sociedad.

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El carácter numantino de la batalla sobre la bandera de la confederación permitiría predecir un desenlace a favor del progreso antes que del conservadurismo retrógrado; después de todo,  la misma tragedia de Numancia reproducía la de Masada en el año setenta de nuestra era, que confirmaba el resumen de la antigüedad en Roma. Tampoco es extraño que esto coincida con la crisis del proyecto continental europeo, que es ilustrativamente monetaria y no cultural; y que más ilustrativamente refleja la impotencia de una Alemania continuamente humillada en sus pretensiones de hegemonía mundial, y esta vez ante la pobreza de Grecia. Previsiblemente, Europa se sobrepondrá a la crisis del euro, pero tendrá un carácter más efectivamente democrático que esa altanería política de un norte trabajador y honrado con un lazy sur; desarrollado desde la nueva humillación alemana, luego de la WWII y la llamada guerra fría, en que sólo fue pieza de intercambio.

Esa recuperación europea ocurriría gracias al también previsible liderazgo de Inglaterra, pero lo importante sería el entretanto; ese intermedio en que Estados Unidos superaría sus propias contradicciones, para incursionar en el socialismo verdaderamente real y no ya autoritario por lo utópico[1]; no por un esquema aún poco claro, en el que el senador Bernie Sanders pueda ganar la presidencia, y en el que tendría que enfrentarse a un Congreso y una Corte suprema demasiado asustados por la constitucionalidad o no de los conflictos internos; así como por la pérdida de ascendiente —no potencial efectivo— militar, que redundaría en una menor preponderancia internacional; para estarle dejando las manos sueltas a un ejecutivo radical —que sería por lo que es posible que Hillary Clinton gane la nominación demócrata[2]—. Pero esta evolución sí sería posible por una recuperación de las tendencias progresistas, luego de los excesos neoliberales que profundizaran las otras contradicciones propias del capitalismo; con una reorganización de las luchas sindicales, esta vez en la flexibilidad más efectiva de un frente amplio, conformado por todos los grupos de interés popular; que así revivirían el modelo ideológico de la social democracia, corrompido en el chantaje seudo comunista del Leninismo.
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[1] . El llamado socialismo real habría sido una perversión ideológica de la naturaleza social demócrata del modelo original del Marxismo; debido a la influencia del autoritarismo platónico desde el modelo de la República, en el que se basa tanto la Utopía de Tomás Moro como la Ciudad de Dios con que de San Agustín culmina la tradición patrística.
[2] Vale destacar que aunque es posible que Hillary Clinton gane la nominación demócrata, sí es más difícil que gane la presidencia; ya que careciendo del ascendiente popular necesario a todo populismo, es además percibida como insincera y corrupta, además de arrogante. En este sentido, Bernie Sanders tendría más posibilidades repostulándose como independiente luego de una derrota entre los demócratas; así como es posible también una evolución, en la que algún candidato republicano gane por puntos, aferrándose a problemas concretos ante la crisis ideológica general.

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