Thursday, March 26, 2020

¿Del amor en tiempos del cólera?


Afirmar que la segunda mitad del siglo XX se caracteriza por la decadencia de la cultura, es más que todo un cliché; no lo es sin embargo la disrupción de su entramado económico por el desarrollo de nuevas tecnologías, como la internet. En general, esto no sólo brindó un mayor acceso y alcance a los artistas, sino que lo hizo sobre la base de una apoteosis en los niveles de educación; de modo que hablar de decadencia de la cultura es por lo menos paradójico, si no francamente contrario a toda lógica.

No obstante, sería esta apoteosis precisamente lo que marcaría esa decadencia, incluso si paradójicamente; y no sólo directamente, como resultado del desarrollo dialéctico mismo, sino también —y más gravemente aún— por la distorsión que introduce en sus determinaciones económicas. Esa contradicción respondería a otra, que contrapone un mundo del espíritu a otro de intereses económicos; y que siendo más común, alcanza niveles ideológicos —y en ello políticos—, relativos al desarrollo del capitalismo moderno.

Independiente de las implicaciones filosóficas y hasta políticas, están sin embargo las consecuencias económicas; que resultan en esa disrupción del entramado de la industria especializada de la cultura, incluso desde el nivel primario de los servicios. La afectación será general, y con ramificaciones fractales sobre toda la industria; desde la editorial y sus prácticas mercantiles —que devienen en mercantilistas— hasta la prensa, especialmente dependiente de la industria misma del mercadeo.

El consumo de arte especializado se hace tan precario que termina encareciéndose en espiral, hasta terminar en una industria elitista; que incapaz de generar dividendos por sí misma, se hace cada vez más dependiente de un sistema de subvenciones insostenible a largo plazo. En otra espiral por la que la clase media, crecientemente depauperada por el deterioro paralelo del capitalismo, va a buscar alternativas propias; pero que lejos de desarrollar medios sostenibles, se da a emular los medios e industrias tradicionales.

El resultado, es un aceleramiento del proceso de decadencia general de la cultura, sobre la base de una importancia política; que así la integra cada vez más a ese deterioro general de las relaciones capitalistas, en que decae el mundo moderno desde aquella apoteosis del siglo XVIII. Como curiosidad, vale destacar que ese siglo XVIII sería la culminación de un período de cinco siglos, comenzado en el siglo XIII; cuando culminando la transición del alto al bajo medioevo, comenzaba la otra hacia la Modernidad, con su revolución científico-técnica —relativa a los modos de producción.

Como principio, y en cuanto relativa al desarrollo dialéctico, la espiral de deterioro sería imparable; a menos que algún tipo de disrupción natural, como una catástrofe, cree las condiciones de excepción que la detengan. Después de todo, la realidad misma es el continuo de un precario equilibrio entre sus determinaciones; que como trascendentes por su carácter formal, serían las que la resuelven en su inmanencia.

Esa habría sido la condición que terminaría por establecer el modelo democrático en Grecia, con el llamado cataclismo minoico; y explicaría a su vez esa misma precariedad del modelo, que sólo consigue consolidarse con el capitalismo moderno, también peligrando con este. Esa sería entonces la condición necesaria, que permita la recuperación del desarrollo económico y político posterior a la apoteosis y decadencia modernas; pero también con estos, el de la cultura especializada como su expresión natural, con tal que refleje este desarrollo original.

Es decir, se trataría de un arte que refleje la nueva realidad de ese desarrollo original del capitalismo y la democracia; y que por tanto no emule ni en su producción ni en sus alcances al que decae con los viejos modos, a todo lo largo del periodo postmoderno. Un arte que, apelando a la capacidad individual, pueda esquivar entonces la presión presupuestaria; aunque para ello deba renunciar al valor institucional que precisamente lo condujo a su decadencia, que es donde se requiere el valor pionero.

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